¿Qué desean los padres para sus hijos? – Reflexión – Día de las Madres


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Ante la pregunta de ¿Qué desean los padres  para sus hijos?, muchos  responden: “Yo quisiera que mi hijo tuviera éxito”. Viendo el éxito desde lograr lo que me propongo, sentir y apreciar la satisfacción de hacer lo que me encanta, lo que disfruto. Puede ser que para unos sea ser mecánico o músico o ama de casa, o para otros ser comerciante o empresario. En gustos se rompen géneros.  Cuando en esta expectativa abierta el elemento “libertad” está implícito, deseamos que él tenga éxito en lo que él desee y de la forma que a él le satisfaga. Reconozco su valor y deseo su crecimiento, que se expanda y que descubra su máximo potencial.  Pero también hay expectativas cerradas: los padres determinan de qué manera y cómo debe lograrlo. Las preferencias del hijo no cuentan ni tienen importancia. Los padres tienen la idea fija de lo que debe ser éxito para el hijo y como deberá obtenerlo. Esta imposición egoísta no les permite desarrollarse plenamente como seres humanos y esto afecta su autoconfianza e interfiere con su libertad de expresión y la realización de su propio destino.

Otros padres responden que desean que sus hijos tengan amor en sus vidas. Si es una expectativa cerrada me encuentro diciéndole a mi hijo: “Mira hijo, yo sé lo que te conviene. Es muy importante que te cases con una muchacha de tu misma clase y educación, por eso te digo que te fijes en la hija de mi amiga. La semana que entra la invitaré a cenar para que la conozcas. Qué diferencia con la muchacha esa que trajiste  el otro día….cómo se llamaba?” Si fuera una expectativa abierta dejo a mi hijo en libertad para buscar y encontrar ese amor que a él le plazca, le permito la libre exploración en esta búsqueda del amor.

Tener expectativas abiertas no quiere decir que no puedo tener mis propias opiniones; pero tengo que estar consciente de que sólo son mis opiniones, que bien pueden ser el resultado de mi experiencia de vida, pero los hijos requieren vivir sus propias experiencias para aprender.

Hay que recordar: podemos opinar y sugerir cuando nos pidan consejo, pero después hay que retirarnos para permitir que escojan y decidan con libertad.

Si queremos que nuestros hijos escojan igual que nosotros escogimos, el peor error es obligarlos. La imposición solo despierta el rechazo y la rebelión. Terminamos alejando a nuestros hijos de lo que más queremos para ellos.

La tolerancia y el respeto son fundamentales en las elecciones de los hijos. A veces es difícil respetar y tolerar a nuestros propios hijos. Si cojeamos en ese sentido, la vida nos manda pruebas para crecer. Por ejemplo, el hombre que odia a los ineptos y tontos tiene un hijo con retraso mental; o la madre que juzga a los divorciados cinco años después los hijos se están divorciando; o el que detesta a los gordos tiene una hija obesa; o el padre que quiere una familia intachable su hijo mayor es aprehendido por traficar drogas.

Aprendemos muchas veces de formas muy duras, pero esto se debe a nuestra rigidez, a nuestra falta de apertura y comprensión. La vida se ocupa de ponernos en situaciones que nos obligan a soltar nuestros prejuicios y volver a reconsiderar. Entre más necios y cerrados somos, más duro y difícil es el aprendizaje. La vida nos susurra, pero si no escuchamos nos empieza a gritar, y si aun así no hacemos caso, nos golpea en la cabeza. Pero la decisión es nuestra, ¿cómo elegimos aprender?

Cuando tenemos expectativas cerradas nos alejamos del amor incondicional. El amor incondicional es el amor al que todos aspiramos, el amor que todo lo acepta, que no se detiene en las apariencias ni nos exige algo a cambio. Es el amor que no juzga y que nos hace sentir perfectos tal y como somos. Es el amor confiado y paciente.

En cambio, las expectativas cerradas nos entrecierran los ojos permitiéndonos ver solo las apariencias. Dejamos de percibir la chispa divina en el otro para sólo ver el cascarón. Nos atoramos en la vestimenta, los modales, el peinado, los gestos, el comportamiento. Entonces nos consumen la crítica, los juicios y los reproches. Nos volvemos discapacitados del alma.

Como le dijo una maestra a su alumno cuando hacía un berrinche: “¡eres mucho más lindo de lo que te comportas!”

Como esta maestra, necesitamos abrir los ojos y ampliar nuestra visión para ver a través del cascarón de nuestros hijos, para percibir ese destello divino, aquello que los hace únicos, especiales y diferentes.  Cada ser humano trae un regalo para la vida. Imaginemos que ese regalo viene envuelto en muchas capas de papel de china que nos impiden ver cuál es. Nuestro papel como padres es acompañarlo en su camino de descubrir quién es y qué desea aportar, es decir, que encuentre cuál es el regalo que trae a la vida para poder cumplir con su destino. Cada hijo nos trae amor en su cálido corazón y alegría con su risa ligera.

Nuestros hijos son nuestros maestros, quizá vienen a enseñarnos cómo desarrollar la paciencia, la tolerancia, el respeto y más que nada, la compasión. Tal vez vienen a confrontarnos con nuestra superficialidad, vanidad y dureza, a ubicarnos en las verdaderas prioridades de la vida. Quizá con su dolor nos ayuda a suavizarnos, o quizá nos viene a contrastar sus carencias con nuestra abundancia para despertar nuestra gratitud. Regalos muy nobles que la vida nos pone en las manos para elegir tomarlos o dejarlos.

No es casualidad cada miembro de nuestra familia, si, cada uno nos trae una lección que aprender. La familia es como el salón de clases y la convivencia es nuestro cuaderno en el que vamos escribiendo y revisando día con día. Algunas lecciones las reprobamos y entonces las tendremos que repetir. La vida es generosa y nos da muchas oportunidades para pasar las pruebas que nos pone. Cada persona tiene su tarea particular. Algunos escogemos aprender con amor y alegría, otros con dolor y sufrimiento, pero al final tendremos que reconocer que fuimos nosotros quienes escogimos las lecciones, algunas las aprovechamos y otras las ignoramos y es así como yo he creado mi realidad, y termino por darme cuenta de que lo que he hecho en mi vida ha dependido sólo de mí.

Preguntas para reflexionar: ¿Qué regalos han traído a mi vida mis hijos? ¿Tomo en cuenta sus preferencias y sus deseos? ¿Qué habilidades y cualidades tiene? ¿Qué lo hace único y diferente a los demás?

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