Estupro (Parte 3)


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Dulce María, de dieciséis años de edad y ciegamente enamorada de Estupro, era capaz de cualquier cosa con tal de merecer sus caricias a cambio de las noches de pasión que vivían en el cuarto de servicio, justo en la cama al lado de la de Doña Zenaida, la gruesa y tosca cocinera a quien también el muchacho le simpatizaba por “coqueto y grosero”, como ella lo describía. Nunca se supo si Doña Zenaida se hacía la dormida o simplemente se deleitaba y gozaba al verlos revolcándose como felinos entre las cobijas tratando de no hacer ruido. Lo que es cierto, es que todas las mañanas, Dulce María despertaba apenada, sin atreverse a mirarla a los ojos y ella parecía no comprenderlo.

 

Finalmente, después de haber soportado la burla de la señorita de la tienda durante casi una hora, Estupro arrugó la lista, la tiró al piso y salió cargado de víveres, tambaleándose hacia su camioneta. Aventó todo bruscamente y encendió el motor para salir rechinando las llantas a la mayor velocidad posible hacia la mansión de los Arias. La señorita de la tienda se quedó mirándolo desde el aparador, orgullosa de su hazaña, y se dijo para sus adentros: “A estos tipejos hay que tratarlos así para que se les bajen los humos. Se creen igual de importantes que sus patrones… ¡bah!”, y empezó a acomodar delicadamente las latas y paquetes de vuelta en sus lugares correspondientes.

 

Estupro llegó a gran velocidad y con el aparato de sonido del coche a todo volumen. Una vez que se aseguró de que los mozos, policías y choferes de las casas de los vecinos lo miraban asombrados, echó su asiento hacia atrás, presionó el botón del control que abría la puerta eléctrica de la cochera y metió la impresionante camioneta extranjera, de vidrios polarizados -una de las tantas que usaban los choferes y guardaespaldas de los Arias- a la cochera de la casa.

 

Se escuchaban exclamaciones como: “¡Aguas con el junior!”, “Eres muy poco para traer esa nave”, o “Ya se le está olvidando que es un pobre criado” pero la realidad era que, en el fondo, todos lo envidiaban por la confianza que su patrón el brindaba a su corta edad. El único que se preocupaba era Don Lupe, un anciano jardinero de la casa de enfrente, que conocía alguno que otro chisme bastante escandaloso acerca de la familia Arias, por boca de su propio patrón.

 

El señor de la casa vecina era el licenciado Sergio Lozano, también abogado, quien había tenido varias riñas y diferencias con los Arias, padre e hijo, y solía platicar a voces los fraudes, robos, vicios y demás actos corruptos que les conocía. Además, siempre habían sido poderosos rivales, compitiendo por ganarse al mejor cliente, resultando siempre vencedor Don Sergio Lozano. Este hecho había fastidiado en extremo a los Arias y hacía años que expresaban abiertamente su rencor hacia él, por lo que al señor Lozano no los toleraba. Ni siquiera volteaban a verse aunque estuviesen sentados juntos, en la misma mesa, departiendo en algún lugar.

 

- Continuará -

 

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