Estupro (Parte 4)


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Don Lupe había trabajado en casa de la familia Arias casi toda su vida así que, alguna que otra vez, había dialogado con Don Selerino sobre los tejes y manejes en esa casa. Este, a su vez, también estaba al tanto de ello y había sido testigo de varios acontecimientos escandalosos pero, fiel a su patrón hasta morir, prefería callar. Sin embargo, conocía a su hijo Estupro y sabía que era susceptible de caer en cualquier depravación así que, sin que él se enterara, se lo había encargado al veterano Don Lupe, pidiéndole que le reportara cualquier falta que éste cometiera.

 

Cada vez que el anciano trataba de hablar con él, Estupro se excusaba argumentando estar muy ocupado. Don Lupe se conformaba con decirle de lejos cada que lo veía: “Vete con cuidado. No te dejes deslumbrar”, y el joven se quejaba entre dientes: “Vejete entrometido, ¿qué sabe de lujos y de la buena vida? Me debe tener envidia, al igual que todos los demás”, y así seguía su camino, aparentando no haberlo escuchado.

 

Una mañana, en la que había amanecido desvelado y con una terrible cruda física y moral, Estupro no lo soportó más y se le aventó encima a Don Lupe, con la intención de atestarle una tremenda golpiza. Para suerte del viejo, en ese instante, la señora le llamó para que fuera a entregar un encargo. El mozalbete, furioso, tuvo que salir disparado, limitándose a mirar al susodicho con ojos amenazantes y lanzándole un escupitajo a los pies.

 

En efecto, la familia Arias tenía fama de haber amasado su fortuna con dinero robado a partir de que el padre de Gustavo Arias, Don Guillermo, se había empezado a codear con los de la política. De un día para otro, dejó de ser un abogaducho insignificante para pasar a ser el predilecto de políticos y artistas. Incluso, hasta obtuvo el puesto de senador. Cambió su residencia de la colonia Escandón a una mansión en Lomas de Chapultepec; adquirió, de contado, dos terrenos de una cuadra de extensión y construyó dos mansiones espectaculares. También se hizo de casas de campo en Valle de Bravo, Acapulco y Brownsville, se rodeó de autos de importación; viajó, cuantas veces quiso, alrededor de todo el mundo con su esposa Laura y sus dos hijos, Guillermo y Roberto; disfrutó de las mejores fiestas que ofrecía la gente de abolengo en México y tuvo como amantes a varias mujeres famosas, veintitantos años más jóvenes que él.

 

Cuando abrió los ojos a la realidad, habían pasado ya diecisiete años, durante los cuales, no se había percatado de que tenía dos hijos, el primero de veintidós y el segundo de veinticuatro años; se estaba divorciando de una mujer que apenas si conocía, se encontraba físicamente acabado como consecuencia de una vida llena de excesos y promiscuidad y necesitaba salir con guardaespaldas para impedir que lo mataran en la esquina. Fue entonces cuando decidió jubilarse y dedicarse, tardíamente, a convivir con su familia.

 

Gustavo, su hijo mayor, estaba a cinco meses de casarse y Roberto terminaba su carrera profesional para irse, de inmediato, a vivir a Estados Unidos a estudiar una maestría. Las intenciones de Don Guillermo se vieron frustradas cuando descubrió que Laura, su esposa, iba a pelear hasta el fin por obtener el divorcio, obligándolo a que le cediera la casa del terreno adjunto y muchos otros bienes materiales. Meses después, Gustavo se casó y Don Guillermo se vio obligado a regalarle una casa ahí mismo, en Lomas de Chapultepec, situación que ocasionó que sus ahorros se vieran bastante mermados. Aunado a esto Roberto, siempre honesto y en desacuerdo con él, escogió una de las universidades más caras de Estados Unidos, misma que él debía financiar.

 

El Sr. Arias planeó recuperar su fortuna poco a poco. El mejor indicado para sus planes era el único heredero que le quedaba: su primogénito, Gustavo, al que decidió educar según sus métodos para que siguiera su ejemplo. Este no se resistió pues, una vez dentro del ambiente, empezó a ver los deslumbrantes frutos de su trabajo. Ambos se convirtieron en los mejores socios y amigos en su afán de poder y avaricia en extremo.

 

 

- Continuará -

 

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