Estupro (Parte 5) por Elena Arreguín


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Realidades y relatos

Estupro  Por : Elena Arreguín Osuna.

Estupro conocía todos los secretos familiares de los Arias a la perfección e,  incluso, él había fungido varias veces como “tapadera” de su patrón ante la señora Maricela pues, justo después de haber dejado al señor en casa de Giselle, la adolescente artista del momento y  amante predilecta del licenciado Gustavo, llegaba a rendirle cuentas a la señora quien le preguntaba acerca del paradero de su esposo. Estupro, tembloroso y tartamudeante, le respondía lo de siempre: “Me dijo el señor que le dijera a usted que surgió un imprevisto”. La señora sólo se cruzaba de brazos y hacía una mueca de incredulidad. Estupro, nervioso, se encogía de hombros, introduciendo las manos en los bolsillos de su pantalón, y salía disparado de ahí.

A la mañana siguiente, se repetía la historia de siempre, el señor Gustavo subía a su coche blindado, conducido por Estupro y, entre risas, le platicaba durante el trayecto la regañiza que le había puesto su esposa y cómo se las había arreglado para inventar alguna novedad sin ser descubierto. También tenía entrenados a sus amigos, sus mejores alcahuetes, ya que, en el momento que Maricela hablaba a casa de alguno de éstos para investigar la veracidad de las palabras de su esposo, ellos aseguraban Gustavo decía absolutamente toda la verdad.

Estupro era bastante tonto, pues tenía un gran poder en sus manos que no había sabido utilizar. Nunca se aprovechó de la confianza que le brindaba su patrón y estaba dispuesto, al igual que su padre, a dar la vida por él si era necesario.

En innumerables ocasiones había sido testigo, mientras conducía, del manejo de drogas entre los altos funcionarios y su patrón. Observó, entre otras cosas, intercambios de todo tipo de estupefacientes, el pago de altas sumas de dinero e, incluso, había aprendido la manera de utilizarlos. El mismo las había probado en varias ocasiones y estaba muy orgulloso de ello.

Por otra parte, había tenido la suerte de compartir a las modelos que habían pasado por su patrón y todos sus amigos y que, finalmente, habían sido botadas dentro del auto, borrachas e inconscientes. Su patrón le daba permiso para que hiciera con ellas lo que se le antojara y él, ni lento ni perezoso, obedecía deseoso a su mandato.

Era tal lo que se vivía en el ambiente que su patrón frecuentaba que, en una ocasión que había pasado a recogerlo a una fiesta privada, observó que éste se abrazaba de manera provocativa con otro alto empresario, amigo suyo. Los dos subieron a la parte trasera del auto y Estupro no quiso ver más. Prefirió borrar de su mente aquel suceso para conservar intacta la imagen de su ídolo.

En fin, ¡qué no había aprendido Estupro en dos cortos años en los que se había dedicado a ser el chofer de confianza del señor Arias! Se enorgullecía, como un pavorreal, haciendo alarde la confianza que le tenían, pero era cauteloso con sus comentarios. La única que conocía todas sus hazañas era Dulce María, quien lo escuchaba sorprendida y boquiabierta, no sin antes haberle jurado pro todos los santos a Estupro que no diría una sola palabra. Por supuesto, se entristecía al oír que Estupro le era infiel y éste, aprovechándose de la ingenua niña, exageraba las versiones de sus aventuras para hacerse el galán. Ella terminaba llorando y salía corriendo a su recámara para que, minutos después, fuera consolada tiernamente por Estupro.

Continuará…

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