Llegó Cupido… y me enamoré de mí – Por Claudia Jiménez Durán


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Hace algún tiempo que cupido entró a mi puerta. No venía de rojo, ni traía alas,  ni gustaba de llevar un corazón a  todos lados. No, él era distinto, discreto y silencioso.

 

Recuerdo aquellos años en que yo solía ser una mujer atacada por las circunstancias, comida por la vida, devorada por la inmadurez. Era una semblanza de felicidad acompañada de posturas falsas y caretas que solía llevar a todos lados. Me disfrazaba con la máscara de víctima casi todo el tiempo, aunque también relucía con mi máscara de niña ingenua otro tanto.

 

Los tiempos eran otros. No había tanta información con la que hoy, con un solo clic, se despliegan ventanas y ventanas  de temas relacionados a cualquier asunto, incluso a las pobrezas del corazón, al estreñimiento emocional  y a la ceguera de la esencia.

 

Aquella época estaba restringida para los que apreciaban leer libros y devoraban conocimientos para quitarles las vendas a los otros.

 

Yo sabía, a pesar de mis carencias, que algo no marchaba bien, que algo me faltaba, que algo me sobraba, que algo sucedía. Yo sabía, aunque mi mente no lo hilara, que yo estaba ahí, parada, viva, pero sin vivir. Eran épocas de vacíos prolongados, encontrando rellenos  afuera, en el otro, en el alimento, en sustancias, en falsas amistades, en falsos intereses, en placebos que me adormecían más.

 

Para entonces era de esas personas, que al tener mi inquietud presente, solía devorar los libros que hablaban del sentido de la vida, ya no jugaba a ser tan ignorante e ingenua, mi intuición, mi hambre de sentirme mejor, me llevó a encontrarme con Cupido.

 

Me flechó varias veces: cuando leía un libro; cuando escribía un texto; cuando acudía a una clase; cuando entraba a terapia; cuando platicaba con algún mentor; cuando hacía algo por alguien más desinteresadamente; cuando realizaba las actividades que me apasionaban; cuando sentía alegría en el corazón; cuando transcendía los obstáculos que se me presentaban con entereza y me volvía  a levantar. Me flechaba y no dolía, al contrario, se sentía increíble.

 

Cupido, aunque fue discreto, llegó silencioso y entró por la puerta grande para quedarse en mí. Inyectó en cada actividad que realizaba, bienestar y una dosis de amor propio. Me flechaba con conciencia, con fortaleza, con responsabilidad, con límites y decía que eso era amor.  Me hizo poner atención dentro de mí, no fuera. Cupido me flechó con amor propio y me enseñó a ser  responsable y ver que soy una mujer que tiene mucho más que simples máscaras para actuar.

 

Hoy soy una mujer flechada y enamorada de mí. Hoy Cupido es un pequeño cómplice que me acompaña en un encuentro continuo de bien-estar.

 

Aprovechemos los momentos para hacerlos oportunidades. Hoy, un día que podría significar grandes tristezas para muchos o gran molestia para otros, puede ser un día para reflexionar si cupido ha inyectado amor propio en ti. ¿Qué te has permitido hacer para enamorarte de ti?

 

Por Claudia Jiménez Durán

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