Estupro (Parte 6) – “Realidades y Relatos” por Elena Arreguín Osuna

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Comúnmente la mansión de los Arias estaba invadida por muchas personas que asistían a un sinnúmero de celebraciones, pero esa noche era una velada especial; asistirían personajes de gran jerarquía en todos los ámbitos y la crema y nata de la sociedad.

 

Doña Zenaida y dos cocineras más se empujaban desesperadamente en la cocina a las órdenes del distinguido chef que habían contratado justo para la ocasión y corrían de un lado a otro buscando ingredientes, sacando diversos guisados del horno, mezclando, batiendo, cortando y picando en espera de recibir nuevas órdenes para ayudar a preparar cada suculento platillo. El jardinero y Federico, el joven mozo, adornaban la casa con flores de extraña belleza, traídas de Asia y Africa por órdenes especiales de la señora Maricela Arias, quien había invertido una cantidad de dinero escandalosa para dicho fin.

 

Dulce María, la infantil amante de Estupro, planchaba y vestía de etiqueta la salita de estar, la sala principal y el salón de fiestas. La fina mantelería resplandecía en conjunto con la vajilla, toda grabada en hilo de oro con las iniciales GA, pertenecientes a Don Guillermo Arias; la nana de la familia indicaba a los veinticinco meseros contratados para el evento, la forma correcta de servir cada bebida, vertida en copas y vasos de cristal cortado. Botellas extravagantes y de cosechas especiales permanecían intactas esperando la hora de ser consumidas por finos paladares que apreciarían su riqueza.

 

Los choferes se alistaban  con sus uniformes de gala, para recibir los autos más flamantes de la ciudad y los guardaespaldas aguardaban ocultos por todos los rincones dentro y fuera de la mansión.

 

Estupro no estaba con los demás choferes porque iba y venía por más y más encargos y caprichos de última hora que se le ocurrían a su patrón. Además, se le había encargado estar en la puerta de entrada junto con Federico, cerciorándose de los nombres de los asistentes con lista en la mano. Serían un total de ciento cincuenta distinguidas personas las que acudirían aquella noche a la tan esperada cena.

 

En punto de las ocho, empezaron a hacer desfile los lujosísimos autos, recién encerados, que llegaban a la mansión. Había una gran actividad por todas partes. La señora Maricela, portando un brillante vestido largo y exquisitamente maquillada y peinada, esperaba cordialmente de pie a cada invitado en el salón de fiestas para darle la bienvenida. Perfumes y fragancias de toda clase invadían el ambiente, colores aparecían por doquier, la elegancia se respiraba en cada esquina de aquel lugar;  joyas preciosas brillaban en las manos, cuellos y orejas de los invitados. Todo estaba en su lugar y perfectamente bien planeado. Solamente faltaba el anfitrión principal para que comenzara la fiesta.

 

Finalmente, en punto de las ocho de la noche con treinta minutos, apareció el tan conocido y respetado señor Guillermo Arias acompañado de su flamante padre, Don Gustavo Arias. Ambos portaban finos smockings  y su presencia era, innegablemente,  apantallante.

 

Bajaron al unísono las escaleras que daban al lujoso salón de fiestas. Toda la concurrencia se puso de pie para saludarlos y la orquesta empezó a tocar los violines. Acto seguido, los meseros comenzaron a servir bebidas y charolas de bocadillos, Estupro y Federico corrían de un lado a otro dando la bienvenida a la gente y ¡todo empezó!…

 

Continuará…

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