Sabiduria Desaprovechada


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SABIDURÍA DESAPROVECHADA 

Por: Manuel Rodríguez Salazar

Cuando recurro a algunos libros que leí años atrás me digo: ¡cómo es posible  que habiéndolo subrayado y remarcado exhaustivamente, por la gran valía de sus planteamientos, no los aproveché como fue mi deseo intenso cuando los leí!   Creo que precisamente en esto último (en sólo leerlos) radica la causa de desperdiciar su sabiduría, de no acordarme de ellos.  Lo que hice fue, simplemente, agregar otros conceptos a los muchos ya acumulados.  No los “aprehendí”; no los hice míos, no los practiqué y por supuesto no los hice hábitos.  De ahí que la mayoría de conceptos no ejercitados no sólo no nos sirven, sino que perjudican porque nos “vacunan” – nos hacen rechazar ideas posteriores sobre el mismo tópico, o parecido – “porque ya los conocemos”. 

Este último comentario lo asocio a perder la capacidad para sorprendernos que tuvimos cuando niños, cuando mucho de lo que veíamos y escuchábamos nos maravillaba… porque no estábamos sobresaturados de conceptos.

Me parece que el “fenómeno” arriba anotado tiende a ser común.   Es decir, son pocos los que aprovechan la sabiduría y sugerencias de vida trascendentales que reciben ya sea de viva voz o  en escritos.  Esa mala tendencia se ha incrementado por el exceso de información que hoy nos “bombardea”, que era mínima a principios del siglo pasado y prácticamente inexistente en los precedentes.  Recuerdo que Benjamín Franklin, ávido lector – a costa de ahorrar, comiendo menos, para comprar libros – pasaba grandes dificultades para conseguirlos, pero lo que leía lo absorbía íntegramente.  Algunas de sus frases: “Carecer de libros propios es el colmo de la miseria”. “Yo creo que el mejor medio de hacer bien a los pobres no es darles limosna, sino hacer que puedan vivir sin recibirla”. “Si no quieres perderte en el olvido tan pronto como hayas muerto, escribe cosas dignas de leerse, o haz cosas dignas de escribirse”. “Un hermano puede no ser un amigo; pero un amigo será siempre un hermano”. “No malgastes el tiempo, pues de esa materia está formada la vida”. “Un padre es un tesoro, un hermano es un consuelo; un amigo es ambos”. “La prueba más clara de sabiduría es una alegría continua”. “Dime y lo olvido, enséñame y lo recuerdo, involúcrame y lo aprendo”. (Idea atrás de mis teleseminarios).

A mi juicio la única manera de “explotar” la sabiduría es convertir su sapiencia en hábitos.  El hábito se define como: “Costumbre o práctica adquirida por frecuencia de repetición de un acto”.   Aristóteles escribió que la virtud moral es una “disposición voluntaria adquirida (hábito) dirigida por la razón y que consiste en el término medio entre dos vicios”; la virtud se puede aprender, no depende de la naturaleza y no es una disposición innata sino del ejercicio de la libertad”.  “La virtud es un hábito, que se crea en nosotros para la realización de una tarea o actividad y es consecuencia del ejercicio o repetición: nos hacemos justos practicando la justicia, generosos practicando la generosidad, valientes practicando la valentía”. 

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Manuel Rodríguez Salazar

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